“La
aceptación es un acto de sumisión; la negación es el principio de la rebeldía.
Las clases dominantes siempre han educado para la obediencia, la desobediencia
es un acto de rebeldía. Asentir, decir “sí”, es una postura simple, mientras
que la negativa es mucho más compleja.
La
naturaleza gregaria de los seres humanos conduce al conformismo inmediato,
mientras que la negación exige un tiempo de maduración. La aceptación es un
acto pasivo que no requiere de esfuerzo, pues viene ya establecido por terceros.
El alumno se limita a reproducir y repetir lo que aprende de su profesor. El
buen ciudadano cumple con las normas que le vienen impuestas. La negación, por
el contrario, es un acto complejo que incluye dudar e interrogarse” (Juan
Manuel Olarieta)
La sociedad
española se pasa su historia a mitad de camino entre el conformismo y la
rebeldía. El estado intermedio entre el conformismo y la rebeldía es el de
alerta, que supone tomar partido por la conformidad o la reacción en un momento
dado, generalmente crítico. Pero es evidente que en los últimos 43 años, no
muestra encontrarse siquiera ese estado de alerta. Y de la rebeldía sólo hay
esporádicos destellos. Después de los 40 años anteriores de sumisión tras una
dura opresión mantenida al menos una década, el pueblo español resultó sometido
mental y psicológicamente por “el padre”. Luego, no ha sido necesario hacer
nada especial para que la clase dominante continúe el proceso de su “natural”
dominio. En realidad es la misma de antes. Véase de qué partes de la sociedad
provienen todas las derechas, la ultraderecha y aun la izquierda nominal, que
no la auténtica. En el tránsito de un régimen a otro, que dura hasta ayer,
bastó, allá por los años 80, un puñado de individuos vociferantes de ideas
rimbombantes que sugerían rebeldía pero como el perro ladrador, en absoluto
mordieron. No tuvieron intención alguna de poner en marcha la reacción. De ahí
venía su falta de coraje. Temieron reproducir el clima del año 36 y, como en
las artes marciales optaron por aprovecharse de la fuerza del contrario en su personal
beneficio…
De este
patético modo, véase el resultado. La causa de los débiles sociales, de la
pobreza galopante al lado del enriquecimiento de los ya ricos en paralelo,
siguen siendo las señas de identidad española. Ahora, hasta “el rey representa
los valores de la República”, al decir del líder de esa izquierda de
guardarropía, ¿Podrá oír mayor afrenta un republicano? La población española
parece entregada a su suerte. Ha terminado efectivamente domeñada. La izquierda
ha sido barrida. Quienes dicen serlo viven bien, son una imitación, son los
infiltrados mayores de la causa de una izquierda moribunda, de la que sólo
quedan reductos en las universidades. Sin mordiente alguno, sin valentía para
remontarse por encima de los patricios, por encima de la magistratura post
franquista pero franquista, y por encima de los poderes fácticos, para colmo
quieren sofocar el pensamiento y la opción republicanos.
Al cabo de
cuatro décadas, en su conjunto los españoles ya son obsecuentes. Ya están doblegados,
resignados. Y la ciudadanía, no ya en el umbral de la pobreza sino la pobre
oficialmente, no tiene fuerza alguna siquiera para la manifestación y la
protesta. Dentro de dos años, como el acto triunfal después de la guerra
militar, volverán a desfilar, esta vez como civiles, las fuerzas nacionales. Y
si no, al tiempo.
Jaime
Richart
19 Octubre
2021
Comentarios
Publicar un comentario